martes, 20 de abril de 2010

El Jinete ( Carlos Ruiz )

Cuando la tarde se inclina

sollozando al occidente,

corre una sombra doliente

sobre la pampa argentina.

Y cuando el sol ilumina

con luz brillante y serena

del ancho campo la escena,

la melancólica sombra

huye besando su alfombra

con el afán de la pena. ( Santos Vega - El alma del payador )

El sol había comenzado a ocultarse hacia el occidente y la noche le había comenzado a ganar la batalla al día.

Era esa imprecisa hora en que no es ni de noche ni de día y en que las sombras comienzan a alargarse y las jarillas y zampas se confunden con el horizonte.

Corrían los primeros años de la década del sesenta y nos encontrábamos viviendo en ese momento en la casa mi abuelo paterno, el ¨ viejo ¨ Ruiz.

El ¨ viejo ¨ Ruiz tenía un pequeño campo a mitad de camino entre Cerro Policía y Aguada Guzmán, y se dedicaba a la cría de ovejas, y por aquel entonces no tendría más de mil quinientos de esos animales y algunos pocos caballos.

La casa en si se encontraba en un descampado que rodeaba las tres o cuatro habitaciones y la cocina echas de adobe que componían toda la construcción.

Atrás de la casa había una pequeña ramada, un corral y unos metros mas allá se encontraba el jagüel de agua salobre de donde se daba a beber a los animales.

El agua dulce para consumo humano se tenía que traer en un pequeño tanque montado sobre un carro que se tiraba por caballos, desde el campo del vecino más cercano, un ¨ turco ¨ que estaba a unas tres ó cuatro leguas de distancia hacia el oeste.

El terreno en esa parte de la Patagonia es totalmente plano y no hay nada de nada por leguas y leguas que se pueda tomar como referencia, para guiar a aquellas personas que no fueran del lugar.

A esto hay que agregarle la vegetación que es mas bien escasa y achaparrada, casi totalmente compuesta por jarillas, zampas, coirón, algunos matasebos y unos pocos alpatacos.

En estos lugares los dispersos crianceros viven prácticamente de la cría de ganado ovino y un poco menos del ganado caprino.

Por la escasez de lluvia son campos con muy poca pastura, lo que hace que sea casi imposible la cría de vacunos.

La mayoría de los escasos vecinos se encuentran como mínimo a unas dos o tres leguas uno de otro, por lo que pueden pasar meses sin que uno pueda llegar a cruzarse con otro, a no ser que por alguna causa en especial uno decida ir a visitar a alguien.

Como les contaba la casa estaba entre esos caseríos llamados Cerro Policía y Aguada Guzmán, en plena estepa patagónica.

Aún hoy estos ¿pueblos? son un pequeño conglomerado de casas que se levantó desperdigado cerca de algún negocio que puso algún ¨ turco ¨, por lo general cerca de algún lugar donde hubiera ese escaso bien que es el agua dulce, proveniente siempre de alguna vertiente, por que allí no hay ni ríos ni arroyos.

Con el tiempo se agregó alguna pequeña escuela, que también es albergue para los chicos que vienen desde larga distancia, y un pequeño destacamento policial donde un par de milicos se aburren horrores, esperando que algún paisanito se ponga

¨empedo¨ para aplicarle el rigor de la ley.

Una vez descripto el lugar y su entorno, les comento que en aquel día los que estábamos en la casa éramos, mi abuelo, mis padres, un hermano de mi mama y yo con mis escasos cinco ó seis años.

El día anterior, ¨el Eulogio ¨ que era un primo de mi mamá había viajado a caballo hasta Cerro Policia, que está a unas diez leguas de distancia, por lo que no lo esperábamos por un par de días.

Como les contaba, había comenzado a oscurecer cuando escuchamos ladrar a los perros.

Salimos afuera y vimos que un jinete se acercaba al paso, con otro caballo de ¨ tiro ¨.

-Debe ser el Eulogio, comentó alguien, un poco extrañado por que todavía era muy pronto para que volviera.

Nos quedamos todos afuera de la casa y vimos que el jinete pasaba cerca del jagüel, y rodeando el corral se dirigía hacia la pequeña ramada que estaba atrás de la casa donde siempre se desensillaban los caballos.

En estos lugares y sobre todo al atardecer, el silencio, para los que no están acostumbrados, puede llegar a ser desesperante, y cada pequeño ruido se potencia.

Los perros seguían ladrando al jinete cuando el sonido de los cascos de los caballos los comenzamos a sentir rodeando la casa.

Luego sentimos el ruido de alguien apeándose en la ramada y de a poco los perros se comenzaron a callar.

-fue a desensillar los caballos, dijo mi abuelo y cada uno volvió a lo que estaba haciendo.

Pasó un rato y nos comenzó a extrañar de que el Eulogio no viniera hacia la cocina, por que los ruidos en la ramada ya habían cesado.

-¿Qué pasó? ¿Por qué no viene?

Uno fue hasta la ramada a ver que pasaba.

-No hay nadie.

-¿Cómo? ¿y a donde fue?

Fuimos todos hasta la ramada donde solo se encontraban unos perros aún inquietos, pero del jinete y sus caballos no había ni noticias.

Volvimos todos hasta la cocina, y esa noche comimos todos en el mayor de los silencios.

¿Qué había pasado?

¿Era posible que alguien pasara ya de casi de noche y no entrara a la casa?

Como les contaba aún hoy ese es un lugar muy especial, donde los que viven en esas inmensas soledades, se conocen todos, y nadie pasaría cerca de la casa de nadie sin bajarse aunque sea a saludar.

Al jinete lo vimos todos, sentimos a los perros ladrar, y los ruidos de los cascos de los caballos yendo hasta la parte de atrás de la casa.

Sentimos el ruido de alguien desensillando en la ramada y a los perros que seguían ladrando, luego el silencio y el misterio de alguien que nunca llegó.

Por otra parte la casa de mi abuelo, no estaba en el camino hacia ningún lado habitado, por lo que nadie debería pasar por ahí hacia otro lugar, y por otra parte si así lo hiciera hubiera echo noche ahí, por que por ese rumbo solo se iba hacia la costa del Limay, pero eso quedaba a mucha distancia como para hacerlo en medio de la noche.

-Son cosas que se suelen ver por estos lugares, comentó mi abuelo, como acostumbrado a estos sucesos.

-Por acá siempre se ven cosas.

-Sin ir mas lejos, hace un tiempo atrás, una noche de luna llena pasó un jinete al galope por delante de la casa, sin mirar hacia acá y los perros lo siguieron un trecho, hasta que yo los llamé.

-Al otro día uno de ellos amaneció enfermo, y en un par de días se comenzó como a secar de un costado, sin que pudiéramos hacer nada para salvarlo.

Yo era muy chico, pero jamás se me olvidó este extraño suceso y aun hoy ocasionalmente lo solemos comentar con mis padres, y ellos siempre dicen lo mismo: en el campo ¨ siempre se ven cosas ¨

Al atardecer del otro día volvió el Eulogio.


Carlos Ruiz

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